El primer intento de legitimar a la pintura mexicana dentro del canon occidental, en 1861, dejó como resultado un memorable libro y una suerte de condena que se repite cíclicamente en nuestra historia. El libro, Diálogo sobre la historia de la pintura en México, es una obra maestra que acomete la tarea de afirmar las bases de una virtual escuela mexicana, a partir de un común denominador de la pintura de las épocas colonial e independiente, increíblemente precario: “la suavidad y la blandura”. Y ya. A la vista de un pasado y un presente tan apocados, en relación a las grandes creaciones de artistas europeos inmersos en dicho canon, el autor del libro, José Bernardo Couto, confió su justificación sobre la razón de ser de una pintura mexicana a la invención de un futuro mucho más representativo y estimulante; fue así que sentó las bases conceptuales de la pintura mural que se realizó en la práctica, más de medio siglo después, con la segunda escuela mexicana de pintura. Pero mi intención al evocar esta obra fundacional no es la de traer a cuento una búsqueda nacionalista ni negar a la globalización ni al vértigo de la actualidad ni nada por el estilo; me limito a recordar el síndrome de la “suavidad y blandura” advertido por Couto y al riesgo que supone su recurrente aparición en la pintura y el arte mexicano en general, cada vez que las condiciones de época nos obligan a hacer bien la tarea de copiar modelos de manera acrítica, sin filtros ni códigos de resignificación, para pertenecer a lo civilizado, universal, moderno, global, contemporáneo, etc. Me parece oportuno lo anterior, en virtud de la “suavidad y blandura” palpable en la XIII Bienal de Pintura Rufino Tamayo, derivada de las obsesiones del jurado calificador por ilustrar con las pocas pinturas seleccionadas, su idea de “contemporaneidad”. Es lógico que en un certamen de esas características se busque tomarle el pulso a la pintura del país, a partir de lo que supone esta expresión. Pero de ahí a utilizarla como un rasero estrecho y confuso para curar una muestra de galería privada, sin más horizonte que el que ofrecen sus artistas y sus clientes, hay una gran diferencia. La contemporaneidad acaba siendo aquí, como en no pocas galerías y –por desgracia, también en espacios museísticos del país- un dispositivo de ejercicio de poder y de exclusión, disfrazado de “paradigma de época”. De entrada, resulta irritante el tono que predomina en la hoja de sala y en los criterios de selección del jurado, como de perdonavidas de la pintura o de sinodales que le condicionan su derecho a existir, a la capacidad de emparejarse con otros medios que sí cumplen sin problema esa especie de proyecto de Espíritu Absoluto de lo Actual. Amparados en este didactismo explican que la magra selección de 29 obras (correspondientes a 19 artistas) de entre 2485 recibidas (correspondientes a 972 participantes), responde a que las elegidas sí han “recuperado el mundo de la imagen y la narración”. Como si éste se hubiera perdido alguna vez y como si la pintura actual tuviera que concentrarse únicamente en imágenes y en narraciones. En esta tónica, legitiman la selección y premiación con criterios que no son nada fáciles de comprender. Consideran que las piezas seleccionadas se ciñeron a “esquemas contemporáneos de representación”, no explicados en realidad, además de presentar “una correspondencia lógica entre forma y contenido” y de ser propuestas orientadas a reafirmar “críticamente el paradigma de nuestra época, en lugar de reproducir una obra de arte estrictamente retiniana”. En los hechos, es de notarse el cerrado abanico de la selección de un jurado que no creyó pertinente incluir a pintores que trabajan la distorsión de la escala o la desterritorialización de la mirada y del cuerpo, o bien el shock de lo real o problemas en torno a la tensión entre realidad y construcción, o propuestas que niegan desde el medio pictórico a la representación misma, por considerarla anacrónica. O en fin, seguramente consideraron de poco valor o fuera de época envíos relacionados con el post-humanismo, la multiculturalidad, la alteridad y nuevos abordajes de la política y de la(s) historia(s). Fuera de curaduría quedaron también pintores conceptuales que parten de una alianza con las tecnologías y con teorías de notable actualidad, y otros concentrados en el lenguaje del medio, desde problemáticas de sobresaliente vigencia en espacios abocados a revalorar la plasticidad de la pintura. La misma suerte corrieron quienes trabajan formatos y soportes no tradicionales, y quienes rompen con la bidimensionalidad de la pintura o (re)construyen desde la ironía, el humor, la nostalgia (tópicos mencionados en el acta pero poco vistos en la selección), y suma y sigue... Con qué parámetros se habrá medido la “correspondencia lógica entre forma y contenido”, que al parecer fue determinante en esta curaduría tan reducida. No estoy seguro de que se trate de una cualidad muy objetiva, y en cambio sí muy permisiva con obra que no hace sino reiterar fórmulas en que se despliega por todas partes el arte de la globalización. Por otra parte, qué se espera de un artista cuando se le pide que “reafirme críticamente el paradigma de nuestra época”. Me imagino que suponen que tal reafirmación existe aún cuando se niegue el valor y la existencia misma de dicho paradigma, tal como lo hizo en su momento Ángel Zárraga, por ejemplo, el pintor mexicano más exitoso en París. De acuerdo entonces, pero mi duda ante esta condicionante es saber desde dónde se planteó y con qué apertura a posibles relativizaciones. Me parece que esta duda es pertinente en esta edición tan “exclusiva” y con criterios que parecen mezclados. En algunos ejemplos pareciera que se planteó desde un criterio más bien instrumental, orientado a refrendar lo visible en colecciones y vitrinas famosas, insertas en el devenir artístico global. En otros casos más afortunados da la impresión que se permitieron réplicas de clara procedencia moderna, como lo son los cuadros de Mario Rangel Faz, Roberto Turnbull, Emilio Zaid, Fernando García Correa. Como sea, el conjunto de reafirmaciones, opino que acríticas, anula el valor de la transgresión y el riesgo de experimentar más allá del campo de una visión naturalizada, ajeno al de la mirada susceptible a la sorpresa, a la participación y a la crítica. Por lo demás, la muestra contiene buena pintura en general, muy decorativa y pese a lo dicho por el jurado, retiniana; vinculada con corrección con asuntos cuidadosamente elegidos de la actualidad, sin audacias desconcertantes, con suavidad y blandura. Pero quizá el problema mayor no atañe a la obra elegida para esta apretada curaduría, ni a los premios ni menciones que se otorgaron, todos con buenas razones (algunos me imagino que más bien por trayectoria; otros, por la calidad de la obra, como la magnífica pieza de Eric Pérez, la nota fuerte de la Bienal, sin duda). Lo más preocupante recae en la adaptación del espacio simbólico y real de esta bienal, en otra plataforma más de legitimación de las que alimentan el estrechísimo y distante mundo del arte contemporáneo mexicano. Urge, al respecto, una redefinición de los espacios de promoción públicos, que harán mejores favores a todos manteniendo una actitud abierta y una distancia crítica. |